Lollapalooza ya no es lo mismo

Estar en el Parque O’Higgins este fin de semana fue confirmar un cambio que ya se venía anunciando desde las últimas versiones de Lollapalooza Chile. Más allá de lo meramente estético, ese reajuste que se reveló hace unas horas tiene como foco el público al que el evento va dirigido y, por consiguiente, su nómina de artistas: si en un comienzo el festival estaba orientado a los adultos-jóvenes (a falta de una mejor descripción) cultores de lo “independiente”, hoy ese lugar lo ocupan adolescentes amantes de la electrónica de aspiraciones mainstream, y de los últimos fenómenos pop de internet. Lollapalooza ya no es lo mismo.

Aunque para confirmar esa idea bastaba sólo con dar un vistazo al parque, también se evidenciaba en un cartel más repleto que nunca de productores famosos (Jack Ü, Kaskade, Zedd, Flosstradamus, RL Grime), estrellas pop en ascenso (Marina and The Diamonds, Halsey) y bandas de sonido accesible y público sub 20 que vivieron su explosión hace algunas temporadas (Mumford and Sons, Of Monsters and Men). Dentro de esos grupos, el primero es el que más se ha consolidado en los últimos años en el Lolla local, llegando a ser una de sus atracciones principales y acaparando gran parte de su programación. ¿Una necesidad real? Es cuestionable. En Chile ya hay una buena cantidad de festivales cubriendo esa demanda, como Creamfields, Mysteryland, Ultra y, en menor medida, SónarSound. Sin embargo, Lollapalooza da cabida a una audiencia menor de edad que no puede entrar al resto de esos eventos. Un punto a favor.

Si se realiza un análisis de industria superficial, el cambio de público objetivo del festival resulta lógico. Según datos arrojados por la Encuesta nacional de participación y consumo cultural del 2012, para ese entonces el 36,5% de los asistentes a conciertos tenía entre 15 y 29 años; y es a ese segmento al que se parece estar apuntando. Lo positivo de esto es que se mira a un grupo amplio que parece hacer de un negocio como el de la música en vivo, algo más seguro.

Las razones se pueden deducir (los adolescentes tienen más tiempo, ánimo y curiosidad para ser parte de un evento de dos días que pretende ser una experiencia más que un conjunto de conciertos), pero los resultados son concretos: aunque evidentemente al cartel de Lollapalooza este año le faltaron cartas potentes fuera de Eminem, Jack Ü y Florence and The Machine, de todas formas llevó –según cifras de la producción- aproximadamente 140 mil espectadores al Parque O’Higgins; la misma cantidad que el año pasado (con Jack White, Skrillex, Kings of Leon y Calvin Harris) y el 2013 (con Pearl Jam, QOTSA, The Black Keys y A Perfect Circle), y cerca de 40 mil más que la versión inaugural (con Kanye West, The Killers, Jane’s Addiction) y la del 2012 (con Björk, Foo Fighters, MGMT y Arctic Monkeys). Sólo la supera la edición del 2014, que llevó cerca de 160 mil espectadores a un memorable fin de semana que gracias a nombres tan variados como Arcade Fire, Red Hot Chili Peppers, Phoenix, New Order, Savages y Nine Inch Nails, todavía parece imbatible.

Sin embargo, el éxito en concurrencia no debe distraer de los problemas. Lollapalooza Chile 2016 fue un festival que comparado a sus predecesores arriesgó poco, descuidando un aspecto que desde siempre ha sido una de sus principales cualidades: presentar nuevos referentes en suelo local. Ese es el problema. A diferencia de otros años, la línea media del cartel de este año tuvo sólo algunos destellos personificados en Die Antwoord, Vintage Trouble y Twenty One Pilots. Todos los demás que podrían haber formado parte de esa categoría ya lo habían sido antes en el mismo festival (Alabama Shakes, Of Monsters and Men), ya habían pasado por el país (Ghost, Jungle) o derechamente ya eran referentes demasiado consagrados como para figurar entre las apuestas (Tame Impala, Noel Gallagher, Albert Hammond Jr., Eagles of Death Metal, Bad Religion).

Lo cierto es que esos nombres buscaban satisfacer al público que hasta hace poco era, por definición, el objetivo de Lollapalooza y -en distintas medidas- lo hizo con un buen número de muy buenos shows, aunque recurriendo a lo seguro y sin las propuestas propias del evento. Tal vez la mayor apuesta se vio en lo nacional, que además de los ya recurrentes Gepe y Javiera Mena, congregó a bandas interesantes como Planeta No, The Suicide Bitches, Tunacola, Magaly Fields, Kuervos del Sur y los reformados Bitman & Roban. De todas formas, en la mayoría de los casos actuaron frente a la reducida capacidad del teatro La Cúpula y/o en horarios adversos. Las reglas del juego.

Los cambios suceden y son buenos. Que un festival se reformule es un signo de que no quiere quedarse en lo ganado, en lo cómodo. Además, en este caso, la orientación hacia una nueva audiencia trajo consigo un éxito de concurrencia ante un cartel algo carente de potencia. Sin embargo, se debe tener cuidado con no mermar la identidad. Lollapalooza ya no es lo mismo, y no por los quinceañeros; la falta de riesgo fue el problema.

Foto: Jorge Vargas Parra


Periodista. Director de Melómanos Magazine (@ignaciosilvva).

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