James Rhodes – Instrumental

Las biografías son lugares pantanosos y algo velados en cuanto a lo que quieren contar, ya sea cuando son escritas desde la perspectiva de un tercero, como en “Heavier Than Heaven” (2001) en la que el escritor se daba demasiadas licencias en cuanto a los pasajes que no podía completar con datos verídicos, o en autobiografías que tienden a caer en autocomplacencias y cierta amabilidad desmesurada hacia sí mismo, como en “Waging Heavy Peace: A Hippe Dream” (2012) del canadiense Neil Young.

Sin embargo hay varias que consiguen escapar a estas trampas tan tentadoras y consiguen plasmar de otra forma un retrato descarnado. Y es que si bien esto último nunca nos será constatable en su totalidad, arman un relato de tal intimidad que dificulta mantener un halo de cinismo que trabe la lectura.

En este apartado podríamos encontrarnos con biografías como la de Mark Everett (“Cosas que los nietos deberían saber”, de 2009) en las que la persona tras las letras se presenta a sí mismo con todos sus defectos y anhelos a cuestas. O bien, el libro que nos convoca.

En este caso, el músico es uno dedicado a un área más clásica y cuenta en un lenguaje sin demasiados aspavientos cómo la música lo ayudó a sobrellevar desde una temprana violación, hasta su drogadicción, paranoias y fracasos matrimoniales. Y es que es necesario enfatizarlo: J. Rhodes no esconde sus demonios bajo la alfombra, sino que capítulo a capítulo trata de destapar todos los trechos más densos de su vida, por dolorosos que sean. Es eso lo que genera de una u otra forma una mayor conexión con el relato, quedando más claro el génesis de sus problemas, así como la relevancia que tuvo la música en aliviar las heridas.

Los compositores y la enfermedad mental suelen ir de la mano, como los católicos y el sentimiento de culpa, o Estados Unidos y la obesidad. Schumann fue uno de tantos que padecieron depresión grave; se tiró al Rin y luego, como no había logrado suicidarse, se internó voluntariamente y murió solo y asustado en un manicomio”.

Tampoco es que sea un manual de autoayuda descarado. Más bien, hace uso de sus experiencias como tal; no busca responder cosas, son simplemente las vivencias de alguien a quién le tocó una ruta complicada y que encontró fortuitamente una herramienta en la música clásica para poder amortiguarla. Hay una que otra moraleja, sí, pero digamos que se subsana con los no ausentes toques de ironía que se dejan caer de cuando en vez.

Me fijo en mi vida en la actualidad y me doy cuenta de que no han cambiado demasiadas cosas: ahora fumo Marlboro, pero el tabaco y el piano son elementos centrales en mi vida. Las únicas cosas que jamás me decepcionarán ni pueden hacerlo. Incluso la amenaza del cáncer no sería más que una excusa para ver al fin Breaking Bad entero y ponerme de drogas hasta las trancas”.

Y así, hoja tras hojas nos enteraremos cómo el convertirse en padre desencadenó desastres espantosos en su vida (“Creo que jamás llegaré a reconciliarme con el hecho de que las pequeñas olas de mi pasado se convirtieran en un maremoto cuando él nació”) y a la vez se trasformó en el motor esencial que lo empujó a buscar la sanación. No obstante, no miente, día a día es una pelea continua consigo mismo que probablemente no tenga fin, pero que con una escritura sencilla y directa, consigue cruzar la pared y empatizar de una sola vez con el lector.

Schumann, Mozart, Goldberg, Bach. Todos y cada uno son seleccionados bajo alguna pieza que se traspone a un episodio de la vida de James Rhodes, realizando uno que otro paralelismo con el tema en cuestión. Un desfile que hace de éste, la clase de libro que conmueve y además contiene una banda sonora de tal magnitud, que parece una puerta de entrada bastante lúcida para este tipo de música.

Un relato que hace uso de en todo momento de su mayor activo: una historia sumamente humana.

Foto: Ilvy Njiokiktjien


When i'm king you will be first against the wall (@panchosintuiter).

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