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Estadio Nacional: La profecía del regreso de los dioses

Ese sábado 1 de diciembre de 2001 muchos amanecieron con una suerte de resaca de gloria. El día anterior, el concierto de regreso de Los Prisioneros en el estadio Nacional había sido apoteósico pues dio la oportunidad de estar cara a cara con un relato. Y enfrentarlo. Y al hacerlo, derrumbar y reconstruir la historia de una banda que para entonces era una gloria brumosa.

Para alguien nacido a mediados de los 80, y con una infancia vivida en pleno boom de la música chilena en los 90, la noticia del regreso de Los Prisioneros era desbordante. Más aún, con la posibilidad concreta de verlos tocar en vivo. Era difícil no tener la sensación de que se cumplía una suerte de predicción en que, como en las antiguas leyendas aztecas, los dioses volverían y redimirían a la humanidad.

Es que para esa generación, la que hoy está alrededor de los 30 años, la banda de los sanmiguelinos era un mito. Era un grupo cuyos hits entonces todavía sonaban en la radio, pero del que existían pocos videos de calidad (principalmente los singles del disco “Corazones”). Era un grupo del que se conocían ciertas historias: que sonaban mal, que fueron censurados y eran polémicos. Y por cierto, los relatos que a modo de un evangelio apócrifo, narraban la separación con líos de faldas y adicciones incluidas. Por cierto, salvo Gonzalez, de Narea y Tapia se sabía poco y nada. Es decir, había más leyenda que certeza. Más mito que respuestas.

Sólo bastó una aparición televisiva antes del show, para gatillar el impacto: fue en el programa De Pé a Pá, una suerte de late que conducía Pedro Carcuro en TVN. Ahí estaban: Gonzalez que parecía repuesto de su batalla contra las drogas, Narea aún con su rostro de colegial ochentero y Tapia con un extraño look hippie y trenzas a lo Obelix. El mito estaba allí, y parecía muy distante a los extraños y precarios 80. Por ello, asistir al concierto de regreso era obligación.

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Ilustración: Felicitaciones Negro

Quienes concurrieron ese sábado en la noche al Estadio Nacional (este redactor incluido) en cierta forma compartían la sensación de estar viviendo esos pocos instantes en que la historia parece reescribirse. ¿Sería un regreso con pena o con gloria? ¿Vendrían nuevos himnos? ¿Durarían para siempre?¿Cómo sonarían los temas más electrónicos? ¿Tocaría Narea los temas de “Corazones”? Ya no serían un mito, sino parte del día a día, y eso con el riesgo de ser olvidados o consolidar su leyenda.

Esa noche el coliseo de Ñuñoa fue un inmenso karaoke. Los más fanáticos incluso corearon aquellos temas menos conocidos del set como ‘Mal de Parkinson’ o ‘Generación de mierda’. Mientras que hubo algunas canciones que no fueron incluidas en el disco que registró el regreso: una versión acústica de ‘Pa pa pa’ que sonó casi improvisada, y una versión de ‘Estrechez de corazón’ que a varios sonó extraña.

Tal como el primer concierto de Mac Demarco en Chile, el regreso de Los Prisioneros inyectó tal energía que generó a muchos el deseo de armar una banda: los festivales de colegio de entonces se llenaron de adolescentes con espinillas que tocaban vigorosas versiones de ‘La voz de los 80’ o ‘Sexo’. Con la bendición de los dioses hacer música parecía fácil, y no era necesario lograr el virtuosismo de Los Tres o tener la producción de La Ley.

El regreso de los dioses parecía enseñar que la amistad lo podía todo. Todo lo que vino después, los discos irregulares, las polémicas, la Teletón, el Festival de Viña, parecían recordarnos que Los Prisioneros eran ante todo honestidad y riesgo, y quizás el mito no había permitido entenderles tal como eran. La vuelta de los dioses, fue nada menos, que para hacer justicia a su leyenda.


Ama tanto los días de sol, como los discos que se los recuerden. Melómano devoto, escritor de baño público y guitarrista. La música no se mancha.

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