Slowdive: El mapa es el territorio

Fauna Otoño
Sábado 13 de mayo, Espacio Riesco
Fauna Producciones

Mejor que J.A.M.C., más fieles que Primal Scream, más potentes que Spiritualized y superiores a un montón de “imperdibles”. El sonido con el que flotamos durante décadas finalmente descendió en Chile, cayendo con su costado más pop y explotando de la forma más barroca que pudimos imaginar. E imaginamos mucho.

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“Te quejai de lleno”, es uno de los términos más precisos del ya agudo diccionario popular chileno. Una metáfora que nace de lo culinario, claro, pero que el sábado en la noche, tras dejar atrás Espacio Riesco, resumía un poco la conversación que teníamos con un amigo sobre la abundancia de discos en internet y la imposibilidad de escucharlos todos. Pero internet es un exceso en si mismo, no hay nada nuevo. Lo que es raro raro, es que ese superávit se repita en términos de visitas ilustres. Que una vez al mes caiga por el barrio una banda que no pensamos ver jamás, la revelación indie del año, el proyecto B de nuestro cantante favorito. Hace una década estaba resignado a nunca ver a New Order, y ya he estado en 3 de sus conciertos (sin contar a Peter Hook en solitario). Kraftwerk se ha presentado las mismas 3 veces en esta ciudad. No tiene sentido.

Sin embargo, está “reflexión” también ya está un poco trillada. A lo que voy finalmente, es que en ese exceso, muchas veces acompañado de engañosas campañas mediáticas, ¿cómo separamos la paja del trigo?, ¿cómo sabemos si lo que está frente a nuestros ojos/oídos, es relevante y no el digno saborcito del mes o la imagen amplificada de un recuerdo? No digo “relevante” en términos históricos, no lo digo en términos de “hacer la pega”, de sonar bien, sino en cuanto a lo subjetivo.

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Neil Halstead. Foto: Cristóbal Venegas.

Pasado las 14:00 llegaba a la casa de una amiga, luego llegó otra, una hermana, una ex, otra ex, otra amiga, otro amigo. Comimos arroz integral, múltiples ensaladas, una salsa de miel y mostaza, papas fritas y algo de cerveza. A media tarde éramos 9 personas las que salíamos a Av. El Salto en los famosos vehículos de la aplicación. Creo que ésta década no me había visto hacer ese rito previo. Los conciertos se han vuelto tan comunes, en el amplio sentido de la palabra, que hay varios a los que he ido solo, llego atrasado, los veo de dónde quedé y me vuelvo a la casa como si me hubiese tomado un café, un café rico a veces, pero un café. La tarde del sábado, en un departamento de las torres de San Borja, escuché por lo menos dos historias de shoegaze y adolescencia, explicando cómo de cabro chico, se fantaseaba con estar en el carrete de ‘Alison’, en la tocata de ‘Catch The Breeze’, con tu propio corte pelela. Relatos sobre cómo una banda te ayudó en esa, a veces difícil, tarea de recordar la belleza que circula por el planeta.

Lo sabemos, el noise pop fue el primo pobre por 20 años. Una vanguardia abandonada no sólo por los medios, sino también por su propio sello, como los mismos Slowdive explicarían en el documental realizado por Pitchfork, en el cual dejan claro cómo el huracán Oasis hizo que un encandilado Alan Mc Gee (Creation Records) descuidara a todos sus demás retoños. Sin embargo, esos discos (los “Loveless”, los “Souvlaki”, los “Nowhere”, los “Darklands”) ya habían dejado la semilla. En la propia ‘Champagne Supernova’, en la pedalera de Billy Corgan, en el modo de mirar al suelo de Johnny Greenwood, en todo Captured Tracks, en el line up del Fauna recién pasado y en la forma en que los más “busquilla” de una generación con otro nivel de acceso entendería la nostalgia.

Por eso el sábado pasado no fuimos a ver una banda, fuimos a enfrentar nuestros recuerdos y nuestras expectativas con la realidad. ¿Eran tan buenos? ¿Se merecen el sitial en el que los pusimos, o es sólo otro engaño desde la nostalgia, otra reunión para monetizar lo que no se pudo en los 90? “El único problema que tengo –me dijo una amiga– es que suena muy, no sé, orquestado”. Y tenía un punto. Es muy raro que en una escena basada en el ruido, distintas bandas tengan una tratamiento del sonido tan agudamente característico, pero lo es más, que entre cada disco se puedan notar matices claros. Sin abandonar los aeropuertos de Brian Eno ni el preciosismo de Talk Talk, en esta pasada Slowdive optó por el pop por sobre lo íntimo, por lo barroco y lo frontal (un par de veces me sentí viendo una banda post rock) por sobre lo etéreo.

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Christian Savill. Foto: Cristóbal Venegas.

Y me vuelve a sorprender que, de entre esas capas de guitarras, de ese sonido abultado y demoledor que parecía no tener límites en su crecimiento, se pudiera distinguir tan claramente cuando el protagonismo lo tomaban los agudos de la Jaguar Roja de Christian Savill, o cuando arremetía el grito ronco de la Epiphone de Halstead. ‘Catch the Breeze’ (“Just for a Day”, 1991) colándose de las primeras en un directo cargado al “Souvlaki” (1994); ‘Sugar for the pill’ y ‘Star Roving’ reafirmando que el último disco de los británicos no fue por cumplir; ‘Souvlaki Space Station’ como una invitación al “Screamadelica”; ‘When The Sun Hits’ haciendo la pega más dura y ruidosa en una versión claramente más amplia que la original. ’40 Days’ para bajarse de la nube de distorsiones, para encontrarse la razón y renovar contrato con el dream pop. Las esperanzas se cumplen, la sombra de la decepción desaparece. El grupo que imaginamos, es el grupo que es.

Si me permiten reventar la burbuja de la perfección, sentí que la mitad de las canciones necesitaron unos 10 – 15 segundos para agarrar vuelo y sonar cómo debían. También sentí que ‘Alison’ fue el punto más bajo, la canción que menos llenó mis expectativas, pero, en esa línea, también podría hacer notar la precariedad de las visuales o el valor de la cerveza. Nada que al final del día haga una diferencia profunda, en un directo por poco sublime. Te quejai de lleno.

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Revisa la galería fotográfica en este enlace.

Fotos: Cristóbal Venegas


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  1. Allison

    16 mayo

    Gracias por la reseña pero no estaba ni ahí con tu almuerzo.

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