Fleet Foxes – Crack Up (2017)

La música de Fleet Foxes siempre sonó sumamente introspectiva, más allá de su inequívoco espíritu bucólico con tendencias barrocas. Discos como “Fleet Foxes” (2008) y “Helplessness Blues” (2011) tendían a la evocación por medio de su abundancia sonora: el invierno, el sonido de guitarras que parecen empapadas de lluvia o ese halo de vapor cuando toda la atmósfera ya es demasiado fría. Lugares comunes, claro que sí, sin embargo evocados como nunca.

Todo eso se puede todavía oír en la música de estos muchachos tras un hiatus no menor de seis años. Esa necesidad de poder palpar el sol cuando todo está demasiado nebuloso sigue ahí presente en “Crack Up”, el nuevo disco de la banda, lo cual es bueno pero trae consigo inherentemente una pregunta que es necesario hacerse: ¿Es realmente bueno que el tiempo en la música de los Fleet Foxes pareciese no haber hecho el más mínimo efecto?

Casos contrarios hay muchísimos. Los mismos Slowdive, que hace poco retornaron a la carretera discográfica tras un silencio mucho mayor, trajeron consigo un sonido que suena inapelablemente fresco. Con Fleet Foxes no se puede decir lo mismo.

No es que se pueda negar la belleza de piezas como ‘I am all that i need/Arroyo Seco/Thumbprint Scar’ o el mismo single ‘Third of May/Ōdaigahara’. De hecho, son canciones preciosísimas, llenas de vaivenes que invitan a la inmersión continuamente. Pero “Crack Up” de alguna manera se siente como ir a pasear a un lugar lindo pero al que ya habíamos venido demasiadas veces. Y es que la recurrencia con que acudimos a sus dos discos previos, además de a su EP, tal vez avivó cierta expectativa que nos hizo soñar despiertos que cuando nos volviesen a guiar a su imaginario habría una sonoridad totalmente nueva.

Y está bien, tiene variaciones –duraciones más extensas y menos ganchos melódicos- pero no alcanza a ser lo suficientemente significativo como para catalogarlo de retroceso u avance. “Crack Up” es un momento congelado en el tiempo.

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Y bueno, tras esa ligera queja solo queda catalogar todo lo bueno que tiene para ofrecer, que digámoslo, parte desde una cuidada portada como es habitual en la banda de Seattle.

“Mute at midnight she might look like the answer” dice una de las frases de ‘I am all that i need’; una tendencia lírica que está más que presente en el resto del álbum. Si bien los cambios no son tan visibles en cuanto a lo musical a primeras oídas, otros recovecos poseen muchas de estas enigmáticas vueltas. Era casi imposible que la vida de Pecknold en New York y los cambios e incertidumbres que tuvo que afrontar en ese tiempo no se terminaran permeando en su obra actual.

‘Cassius’, por otro lado, tiene una evocación mucho más compleja, no siendo amable en su composición que parece entremezclar demasiado, volviéndose una pieza esquizofrénica pero no por ello menos magnética. Además de tener uno de los versos más duros de Pecknold, que se siente como un choque a toda velocidad contra un muro de realidad: “The song of masses, passing outside, all inciting the fifth of July. When guns for hire open fire, blind against the dawn. When the knights in iron took the pawn. You and I, out into the night held within the line that they’ve drawn”.

El oír al completo el disco le brinda un sentido nuevo a ‘Third of May’, que sale ganando y transformándose en un eje en este mar de pocas certidumbres. Y en uno de los pocos momentos genuinamente gancheros, además. De hecho, el otro single (‘Fool’s Errand’) no suena ni la mitad de urgente que este.

Muchas canciones, como ‘On another ocean (January/June)’, responden a la lógica de que quien quiera maravillarse tiene que adentrarse en ellas. No son fáciles, a veces un poco áridas, pero tienen mucho que dar. No por sentirse algo rutinario o ya visto, no tiene mucho para ofrecer. Ya lo hizo Jim Jarmusch en ese tremendo film que es “Paterson” (2016) donde asistimos a la vida diaria por siete días de un conductor de autobús quien encuentra en la poesía de su entorno y en su vida repetitiva una vía de escape. La salida de Pecknold –en este caso- son los Fleet Foxes, que para bien o mal retornaron con un disco que es necesario oír varias veces para ver si podemos sintonizar o no con él.

Afortunadamente estamos en la mejor época para ello, y entre el frío de esperar micros que no pasan nunca en un Santiago nublado, tal vez podamos descubrir (o perder) una que otra cosa con este folk enigmático y sobrecargado.


Me gustan las canciones tristes (@panchosintuiter).

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