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Yorka, Benjamín Walker, Hakanna, Natisú – Mal (2020)

“Mal”, el nuevo EP colaborativo de Benjamín Walker, Yorka, Hakanna y Natisú es una oda al encierro forzado. Las situaciones anómalas son caldo de cultivo para la práctica artística. Y qué situación más anómala que una pandemia que nos ha forzado, no solo a parapetarnos en nuestras casas, sino que también a procesar el miedo, la incertidumbre y la soledad en condiciones materiales que nunca fueron pensadas para eso. Nos obligó a enfrentarnos a sentimientos y situaciones de las cuales nos arrancamos constantemente saliendo a trabajar, estudiar, o lo que sea que hacemos afuera de nuestros hogares, y que solo tienen oportunidad de asomar cuando vamos contemplando el pasar arriba de la micro o el metro. En el caso de este grupo de artistas, que comparten residencia, la pandemia les obligó a dejar de lado proyectos que tenían en marcha. Ese vacío, y la inevitable rutina que emergió en la vida de cuarentena, decantó en la creación de este esfuerzo colectivo.

El disco abre su recorrido, con su canción tocaya ‘Mal’. De tonos poperos y percusiones electrónicas, ‘Mal’ es el enganche, el 10 del álbum. Es la canción que nos dice «Entiendo exactamente lo que están pasando, y es pésimo», pero te lo dice en colores y con sentido del humor. Porque a estas alturas del partido, y sabiendo todo lo que sabemos, es probablemente la única reacción sensata para hacerle frente a la situación país/mundo que nos tocó vivir. Por lo mismo, y con justa razón, es el primer (y tal vez único) single del disco en cuestión.

Luego de la catarsis que una buena canción pop puede entregar, aparece ‘Ya no me quiero acostar’, tema que aborda sensaciones propias del encierro pandémico, como el miedo, la inevitable introspección y la sensación de que todos los días son iguales. Sin embargo, y aquí se siente la muñeca lírica del equipo creativo, la canción hace también guiños a como estas sensaciones afectan las relaciones interpersonales que teníamos antes de que se acabara el mundo, y que aún tenemos que nutrir de alguna manera. De cierta forma, hace alusión a ese período durante la crisis en el que nos vimos ampliamente abrumados por el escenario que se desenvolvía ante nuestros ojos, y fuera de nuestras manos. A ese período en el cual aún no aprendíamos a vivir en esta nueva realidad.

Teniendo esto en mente, el disco avanza y nos encontramos con ‘La Paciencia’. De armonías vocales precisas, e instrumentales difusos que crean un ambiente de ensueño que se torna intenso (Pink Floyd estaría orgulloso), ‘La Paciencia’, habla del punto de quiebre: «Se me agotó la paciencia… Voy a vomitar las palabras que quiero decir, luego arrugarlas y verlas morir». Independiente de cual haya sido aquel. Tal vez, se me acabó la paciencia con mis compañeres de casa. O conmigo misma/o. O con el gobierno incompetente. Tal vez todas las anteriores. No obstante, también habla de aceptarlo y seguir adelante. El rito de hacer explícito lo que sentimos para poder seguir viviendo. La comunicación importa. En todos los ámbitos de la vida.

Le sigue ‘Muere en Mí’, un retrato de lo que se podría llamar la triste calma que genera la aceptación de nuestras circunstancias. Una interpretación vocal honesta que le imprime genuina emoción a la canción, mientras que la pista, que evoca una suerte de dream pop electrónico, entrega suficiente profundidad para contener dicha interpretación, sin constreñirla. Este tema es un balance bienvenido, luego de la intensidad que entrega ‘La Paciencia’, cuyos elementos trabajan en conjunto para descomprimir el ambiente y cerrar la primera parte del disco.

La pausa llega en la forma de ‘Interludio (Colibrí-Alto el Árbol, Ancho el Río)’, pista que nos hace parte de lo que se puede deducir fue el proceso de creación de este disco. En ella, escuchamos a las y los autores del álbum discutiendo, recordando y compartiendo música. Esta decisión es interesante, pues da cuenta de la importancia del proceso colaborativo que se dio en el transcurso de desarrollar el disco, y al incluirla, se hace énfasis en aquello.

Los cinco músicos que participaron en el disco.

Benjamín Walker, Daniela Pastenes, Hakanna, Natisú y Yorka. Foto: Pilar Castro.

La segunda parte del disco inicia con ‘Mueble’. Utilizando una guitarra sencilla, ingeniosamente acompañada en el fondo con sonidos de lo cotidiano (agua corriendo, cucharas chocando con platos, etc.), introduce una temática que conecta con cualquier persona que ha vivido o está viviendo la cuarentena. «Me transformo lentamente en un mueble de mi casa, y esa esquina polvorienta es la única que me abraza», resume de manera precisa lo que el encierro pandémico nos ha hecho sentir a todes. Sin embargo, la melodía nos cuenta otra historia. Nos cuenta una historia de comienzos, de volver a empezar, de aire nuevo. Es una melodía llena de primavera, que cuando incorpora la percusión, nos recuerda que incluso si nos sentimos como muebles, aún tenemos un corazón que late. Nos recuerda que no somos objetos, somos humanos y humanas que respiran y viven. Es tal vez, la canción de este disco que más resuena.

El EP cierra con ‘Explotó’, que agarrándose del aire nuevo que propone ‘Mueble’, nos cuenta lo que pasa luego de que aceptamos que «nada volverá a ser como antes». Nos recuerda que, si bien las cosas han cambiado radicalmente y la sociedad ha estallado, inevitablemente nos volveremos a encontrar. Seremos todes distintos, pero está bien. Las armonías ascendentes con la que este tema acaba hacen pensar en una introducción a algo nuevo. Un escenario desconocido, pero ya no necesariamente malo. Mas bien, nos invita a pensar que en lo desconocido podemos encontrar algo emocionante, siempre y cuando lo hagamos en conjunto, con los amigues.

En definitiva, “Mal” es un producto del contexto social e histórico en el que le tocó existir. Con una producción musical precisa que complementa y contiene, pero nunca inhabilita, e interpretaciones genuinas y honestas, es un álbum que reafirma que los esfuerzos colectivos siempre serán más que la suma de sus partes.

Foto: Pilar Castro


Alejandra Solar Ortega. Nacida y criada en Chillán. Socióloga y amiga de las palabras. Futbolera a morir y Colocolina acérrima. Obsesivamente escuchando música desde que mis papás me regalaron mi primer personal estéreo cuando tenía más o menos 8 años. De ahí en más, nunca me volví a sacar los audífonos.

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